Angustia

Hoy me ha pasado una cosa tan intrascendente que me apetece desarrollarla muchísimo en este humilde espacio que me ha dejado la red de redes para mi uso y disfrute. Aunque, bien mirado, casi cualquier cosa que realizamos en nuestro día a día resulta intrascendente para el devenir universal, la Tierra seguirá girando aunque tu vecino le diga por fin a esa chica que le gusta, o aunque la mujer que pone multas por no pagar la zona azul haya decidido que ese día no quiere salir de su casa.

La movida ha resultado ser que, he entrado en el cuarto de baño, y no había retretes. No. Que va. Qué tontería es esa, ¿cómo no va a haber retretes en un cuarto de baño? ¿Qué mierda de propuesta es esa, valga la redundancia? Entro en el baño, y hay 3 puertas para separar los 3 habitáculos de intimidad disponibles. He decidido, por simetría o por vaya a saber qué, entrar en el central de ellos, el cuál ya tenía la luz encendida.
Aquí tengo que hacer un paréntesis. En estos baños, las luces individuales para cada habitáculo de intimidad tienen esa clase de interruptores que se apagan de forma automática, por lo que entrar y no darle al interruptor es un poco jugársela a que la duración de la iluminación sea óptima para el desarrollo del evento escatológico a completar en el espacio correspondiente.

Entré pues, en el baño central, que tenía la luz encendida, y procedí a empezar a orinar, sujetando mi aparato excretor con la mano derecha, pues soy diestro aparentemente desde que nací (salvo para cosas como jugar al billar, misterio que dejaré sin resolver para darle un poco de chispa a esta vida de mierda). Pues ahí estaba, meando de pie, podría haberme sentado, debate que he tenido más de una vez con más de una amiga, pues realmente no hay motivo para no sentarnos al orinar en la mayoría de ocasiones. Yo lo achaco a la comodidad de sacársela frente al acto de bajarse los pantalones y sentarse, pues en esta vida acelerada y de comida fast-food, incluso el relajante acto de ir al baño lo hemos convertido en algo que hay que hacer deprisa y corriendo; la generación del polvo en 15 minutos, que cantaban los Gritando.

La cosa es, antes de que me pierda, que se apagó la luz. Sí. Con la chorra en la mano me pilló.
Y sí. Me pilló en mitad de la meada. Teniendo en cuenta que la luz está en el lado derecho, y que soy diestro, y que estaba a mitad de meada, el lector o lectora ya habrá llegado a la conclusión de que tuve que terminar mi meada a oscuras. Una mente lúcida podrá deducir “haber sacado el móvil para alumbrar”, pero en el curro no suelo llevarme el móvil al baño para ir a mear, se queda encima de la mesa durante todo el día. “Pero, ¿por el sonido se puede deducir que seguías meando dentro, no?” Pues aquí tenemos el nudo de nuestra historia. En el párrafo cuarto, “devuélveme mi tiempo, cabrón”.

Pues resulta que estaba meando apuntando a la parte frontal del wc, la parte blanca, sin agua, la que prácticamente no hace ruido, por lo que, bien escuchado a oscuras, podría resultar que seguía orinando dentro, o estar orinando en cualquier parte del wc que no esté preparada para dicho fin, llenando el cuarto de baño de pis.
Entonces, la duda mundial, ¿me habré desplazado sin querer? ¿me muevo hasta encontrar el sonido de agua contra agua? Si me muevo, podría salirme fuera, sin duda, ya que cuando la luz se ha apagado, estaba meando dentro. Pero, ¿y si en la perturbación lumínica me he desplazado unos centímetros sin querer? Qué angustia. ¿Cuánta meada me queda? ¿Estará dentro? ¿Fuera? El olor empezó a ser significativo, empezaba a oler a pis. Joder, me estoy meando fuera, fijísimo. Pero un segundo, ¿un baño no huele a pis siempre antes de tirar de la cadena? Cuántas cosas nos perdemos por usar la vista. Ay mierda, esto no se acaba nunca, ¿muevo el chorro? ¿será demasiado tarde? ¿qué más da moverlo? Si lo muevo ahora y antes no estaba fuera, mojo el suelo y pongo todo perdido. Si lo muevo ahora y antes estaba fuera, quizás caiga dentro, pero ya habré puesto todo perdido. Perdido, como mi dignidad en todo caso, si muevo el chorro, pues es bastante probable que ponga todo perdido.

Y entonces cesó.
El chorro se acabó.
Mierda, pensé, ¡pero si podría haber parado de mear, para girarme 90º, encender la luz, y seguir meando! ¿Por qué no lo he pensado antes? ¿Por qué me he dejado llevar por la angustia? En cierta parte, ha sido divertido, incluso lo mismo me da para escribir un tochazo en el blog ese que ya no lee nadie.
El pestuzo a pis era insufrible, así que pensé en salir corriendo sin encender la luz, pero me armé de valor, y tras guardarme la chorra, encendí el interruptor y…
¿os habéis fijado alguna vez en el olor a pis antes de tirar de la cadena?
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