Conejudamente

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el conejo de nombre desconocido había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer la estepa manchega.

Los campos donde corrió con su coneja, huyendo de los cazadores, nunca los consideró su hogar, pero en el momento en el que quisieron aumentar su familia cayeron afortunadamente cerca de una granja escuela. En aquel sitio, unos seres enormes de piernas no siempre dobladas, se agacharon a por ellos y, agarrándolos con suavidad, les dieron un cobijo calentito donde su coneja parió a sus nueve conejos. Tres machos, dos hembras, y cuatro cuyo género no hemos llegado a conocer los cronistas. Esta familia podría haber pasado sin pena ni gloria por nuestro mundo humano, si no hubiera sido por la elevada fama que llegaron a obtener estos hermanos conejos.

 

El primero de ellos sorprendía por su blancura y su belleza, así que no le costó mucho abrirse en el mundo del espectáculo conejil. Su fama se extendió como el agua de un cubo de fregona recién volcado, sin que nadie pudiese pararlo; y su imagen, asociada a ese blanco tan virginal, acabo sirviendo de apoyo a una marca de lejía que crearon específicamente para él: Lejía Conejo. 

 

La más grande de todas ellas, siguiendo las inquietudes artísticas de su hermano y el ánimo reproductor de sus antecesores, decidió marcharse a procrear una larga estirpe de conejos, con la intención de poblar una novela. A Daniel Higiénico, inclasificable artista nacional, no le quedó otra que escribir El Paseo Infinito y llenar un rascacielos con estos conejos.

 

El que más destacaba en la granja escuela fue llevado a una granja instituto de forma prematura, obteniendo una beca peluda para continuar sus estudios en la Universidad Conejera Nacional. Se graduó en “Monarquía y otros deberes” y fue directo a trabajar como asesor de la reina en Alicia en el País de las Maravillas. El elevado estrés al que le sometía la reina, y las diferentes tareas de las que era responsable directo, le provocaron tal ansiedad que empezó a correr por todo el cuento buscando el tiempo que perdía.

 

El que acabó peor parado fue el mediano, harto de ver a sus hermanos mayores triunfar, empezó una carrera artística como pollo sin cabeza. El encadenamiento de una serie de malas decisiones, aceptar papeles de gran presupuesto pero escaso valor artístico, y tras caer en las zanahorias modificadas genéticamente y otras sustancias prohibidas, acabó viéndose forzado a trabajar con un mago. La deshonra de la familia. Sin duda. Salía de un sombrero de copa los martes y jueves alrededor de las 22:34, los domingos a las 12:00 en sesión infantil. Los mejores días eran en los que podía salir vestido.

 

Dos de los conejos que decidieron subirse a un barco en Lisboa para buscarse la vida al otro lado del charco corrieron mejor suerte. Uno de ellos, tras llegar a Sudamérica, se fue a procrear a la garganta del mismísimo Julio Cortázar; y tantos hijos tuvo, que cuando mandaba cartas a París, el escritor no pudo pasar por alto este hecho.

 

El otro que bajó del barco, el más viajero de todos, fue dando tumbos desde Argentina hacia el norte en camiones y furgonetas. Aprendió idiomas a través de sus compañeros de viaje, así como desarrolló una picardía inusual para un conejo de provincias como él. Tras años de viaje y miles de anécdotas que no conviene relatar aquí, llegó a Estados Unidos para cumplir el sueño americano. Se casó con Jessica Rabbit y se hizo un actor famoso, pero la sospecha de que su vida amorosa se tambaleaba le distrajo un largo tiempo de su trabajo. Esta historia fue recogida en la película ¿Quién engañó a Roger Rabbit?, donde nuestro protagonista se interpretó a sí mismo. 

 

Otra de los conejas, fue considerada coneja doméstica hasta el día que escapó. Ese día viajaba, en un bus de línea en la jaula de su cuidadora, de Adra (Almería) a Laredo (Cantabria). En un viaje tan largo de bus, tuvo la mala suerte de tragarse más de una película de las que ya había visto varias veces: Pánico en el túnel, Moulin Rouge… Pero el conductor tuvo a bien elegir, para el penúltimo tramo del trayecto La vida de Brian de los Monty Python. Esta película le dio una idea a nuestra peluda amiga, y desde entonces se gana la vida como Coneja de Pascua por los pueblos de la Meseta Central.

 

Al más pequeño de todos ellos, infectado hasta las orejas de la tradición artística familiar, no se le ocurrió otra cosa que pasearse por la facultad de Bellas Artes de la UPV, buscando estudiantes que le acogieran en sus obras. Desde entonces, se pasea por las prácticas de algunas de sus alumnas.

 

Y por último, el preferido de los pequeños, el conejo de la suerte, que ha salido esta mañana a la hora de dormir. ¡Pum! Ya está aquí, haciendo su característica reverencia, pero, todo hay que decirlo, con cara de vergüenza. Resulta que, según este conejo, tú besarás al chico o a la chica que te guste más. Menudo pájaro.
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